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Exhausto subo a los límites de mi mordaza; grito y tiemblo como el nervio de la esgrima que en la punzada descubre una extraña quietud.
Tus ojos, que fueron míos, se marcharon disueltos en la lluvia.
Hurto a la brisa o el agua de los ríos tu tacto y danzo, muy solo, en el refugio de un tiempo que pasó.
¿Dónde estás?
Todo fue construido en rigor al desamparo, para que tú y yo no fuéramos sin mezquinas reverencias y permisos.
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