Trazos
Una imagen para sembrar odio
Elias Letelier-Ruz

Querido Catoño, (Antonio Bazaes) muchas gracias por esclarecer esta imagen que para muchos se transforma en un instrumento de explotación del odio.

Foto montaje del odio
En estos tiempos de dislocada anarquía donde se defiende todo tipo de pequeñeces que dejan intacto el oprobioso sistema de clase y racista del pueblo chileno: una nación donde el hijo o la hija de un obrero jamás será Comandante en Jefe del Ejército, dada su condición de clase; donde el hijo o la hija de un obrero jamás será Comandante de la Marina, dada su condición de clase, etc.

Se persiste en la lujuria de una sociedad mejor y dejando intachablemente inamovible este oprobioso sistema de clase y donde solo el poder de un proceso revolucionario pode destruir. Las revoluciones son procesos cortos y de cambios radicales. No existen las revoluciones permanentes como no existe el movimiento permanente en la física.

Una revolución es un proceso que es capitaneada por un fuerte movimiento cultural e intelectual y los primeros síntomas de que una revolución comienza a desaparecer es cuando los pilares de esa revolución se comienzan a abandonar y a olvidar, transformándose en una mera letanía de un pasado glorioso que ya pasó. Cuando los valores culturales de una revolución se dejan de lado y la elaboración intelectual no es más que una mimesis de todo lo anterior, creando una clase desclasada de alguaciles de la idea oficial que da paso al ilustrado nepotismo social.

En América Latina hay dos grandes procesos revolucionarios. El primero ocurrió a principios del siglo XX con la revolución industrial y que permitió a los trabajadores el acceso a la prensa escrita. Este gran movimiento se tradujo en un sistema de aprendizaje y educación permanente de los explotados y también los llevo a laborar ideas que liberaron el pensamiento e impusieron el aprendizaje de un discurso que se sostuvo en la educación. Gracias a la prensa obrera en Chile se le llamo: “El despertar de los trabajadores” y que también fue el título del primer periódico de estas nuevas voces. Luis Emilio Recabarren lidió esta prensa y la educación y formación de cuadros fue el eje central de esta gran revolución y que cuenta con un largo periodo contestado con la metralla.

El segundo despertar de América Latina se establece con la Revolución Cubana. Esta recuperó el derecho a soñar y la necesidad de que se podía luchar por esos sueños de justicia y equidad. Aquí encontraron asilo los intelectuales más brillantes de la tierra y tuvieron los espacios para elaborar y volver a incitar al nuevo despertar de América. A mediados del siglo veinte la Revolución Cubana encendió los aires de libertad del continente y permitió la introducción de nuevas ideas que hoy han vuelto a ser ahogadas en la derechización y el desamparo de una intelectualidad que se encuentra sin puntos de referencia para elaborar nuevas ideas.

Trágicamente el Siglo XX que vio nacer dos grandes resoluciones, termino con la contrarrevolución impuesta por, al igual que a principios de 1900, la tecnología. Las izquierdas atareadas en sus pugilatos, desmoralización y en busca de nueva identidad no se dieron cuenta del nuevo despertar y vertiginoso proceso dialectal que se impuso inmediatamente un nuevo método y estructura del discurso. El valor de la información y también de los aprendizaje de los lenguajes y sublenguajes, de los supralenguajes y los metalenguajes y dentro de toda esta vertiginosa exegesis el valor de la palabra adquiere otro valor y se acuñan otro lenguajes que terminan por aislar a los rancios y decadentes conservadores de viejo discurso anodino de la desbridada izquierda que no se dio cuenta que había fenecido.

Hay abanderados, tanto de la derecha clásica como de la izquierda enderechada de hoy que no pueden contestar una idea y parecieran no entender la diferencia entre el individuo y la idea.

En respuesta a mi primo José Daniel Ruz

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